Cuaderno de trabajo

01 Junio 2016

La lucha de una imagen contra otra imagen

“A veces, la lucha de clases también es la lucha de una imagen contra otra imagen, de un sonido contra otro sonido. Y en una película, esta lucha se libra entre imágenes y sonidos”.

On ira à Neuilly, Inch’Allah es una película sobre un grupo de jóvenes de la banlieue de París que se movilizan en su primera huelga. Es una película sobre su intento de llegar hasta Neuilly, donde habrían querido manifestarse ante la sede de Vélib, la empresa de alquiler público de bicicletas que les explota, si no hubiera sido porque la policía les corta el paso. También es una película tejida con fragmentos de la historia del cine militante. No es la primera vez que vemos una cámara de 16mm apostada silenciosamente en el interior de un coche que circula por una ciudad persiguiendo la imagen de las luchas que la agitan. Quién sabe, tal vez la misma cámara que utilizaron Mehdi Ahoudig y Anna Salzberg para rodar esta película en 2015 recorrió décadas antes las calles de París escondida en otro coche. Quizá en 1961, tratando de capturar alguna imagen de los 30.000 argelinos que salieron a las calles para apoyar al Frente de Liberación Nacional para terminar siendo masacrados por la policía francesa, que los mató a centenares, lanzando a muchos de ellos al Sena. O quizá lo hizo en 1972, tratando de documentar las manifestaciones masivas que se opusieron a la “ley Marcellin-Fontanet” que decretaba que la pérdida del puesto de trabajo implicaba la pérdida del permiso de residencia. O quizá en 1995, transformada en una cámara de vídeo para seguir las luchas de los migrantes que inventaron el nombre político colectivo de “sin papeles”. En realidad poco importa que la cámara estuviera allí antes o no, porque Ahoudig y Salzberg se acercan a la lucha a través de las voces de sus protagonistas. Unas voces que arrastran consigo el eco de estas historias de dignidad y represión y lucha, y que recuerdan que da igual que los Sarkozys, los Valls y todo un ejército de tertulianos se empeñen en afirmar que los jóvenes de banlieue son racaille, escoria que sólo se puede “limpiar a manguerazos”. Porque esas voces están ahí en 2015 y gritan “estamos hartos de nuestras condiciones de trabajo” y “nos tratan como esclavos” pero también “no somos basura proletaria”, “no somos lo que queréis que seamos”, “queremos que nos traten como seres humanos”. También hay trozos de la historia del cine militante en la forma en que Ahouldig y Salzberg nos presentan estas voces: las oímos arrancadas de sus imágenes, en una disonancia entre lo que escuchamos (las voces de la movilización, las arengas, los eslóganes, la afirmación de una subjetividad política) y lo que vemos (la ciudad pacificada, vacía, al amanecer, como la querrían ver los flics, esos polis que les cortan el paso, la ciudad a salvo de estos jóvenes de piel oscura que tienen que mantenerse invisibles para que sigan produciendo los bienes y servicios que mantienen la ciudad en marcha). Y es que, a fin de cuentas, este desajuste entre la imagen y la banda sonora, esta relación tensa y conflictiva entre lo que vemos en la pantalla y lo que oímos por los altavoces, nos está hablando de una idea antigua y peligrosa que se convino en llamar lucha de clases. Una lucha que, como recordaba el Grupo Dziga Vertov en 1969 en British Sounds, “a veces también es la lucha de una imagen contra otra imagen, de un sonido contra otro sonido. Y en una película, esta lucha se libra entre imágenes y sonidos”.

 

El próximo 4 de junio a las 19:00 proyectaremos On ira à Neuilly Inch’Allah y charlaremos con David Cortés y Amador Fernández-Savater en la sala de cine de Tabakalera. + info

 

Imagen: Fotograma de On ira à Neuilly, Inch’Allah (Mehdi Ahoudig  y Anna Salzberg, 2015). Cortesía de GREC. 

Texto: Pablo La Parra Pérez